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Cómo Bannon y Yiannopoulos le dieron voz a los neonazis

Israel Pompa-Alcalá

December 31, 1969


El conservador Milo Yiannopoulos sostiene pancartas de protesta mientras da un discurso en la Universidad de California, en Berkeley, California, el 24 de septiembre de 2017. Imagen: Reuters

Luego de los hechos violentos en Charlottesville, Virginia, el pasado 12 de agosto, cuando una marcha de supremacistas blancos terminó en la muerte de una protestante, el entonces consejero del presidente Donald Trump y jefe de estrategia de la Casa Blanca, Steve Bannon, declaró que los grupos neonazis, neo-confederados y asociados al KuKluxKlan, “no tienen espacio dentro de la sociedad estadounidense”. 

A pesar de la sentencia de Bannon, la realidad señala un asunto muy distinto, pues no sólo el gobierno, en una actitud totalmente pasiva y permisiva, ha permitido que este tipo de grupos y manifestaciones prosperen, sino que incluso la ideología de odio, racista y separatista ha sido alimentada por el círculo cercano a la actual administración. 

Buzzfeed señala en un artículo fechado el 5 de octubre, que tuvo acceso a varios documentos en los cuales se prueba que la página web de noticias comandada por Bannon, llamada Breitbart, no sólo le dio espacio a los mensajes racistas y de odio racial, sino que incluso alimentó la llama de los supremacistas, sobre todo gracias a su entonces editor, Milo Yiannopoulos

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Milo, quien se ha llamado muchas veces el seguidor número uno de Trump, publicó un sinfín de historias en las que minimiza el rol agresivo de los neo-nazis, al amparo de que no todos son violentos, sino que simplemente quieren y merecen “ser escuchados”, amparado por una idea simplista y básica del concepto libertad de expresión. 

Uno de los máximos problemas de la “libertad de expresión” es que suele pensarse que se trata de ejercer el derecho a enunciar cualquier cosa que se antoje, cuando es justo lo contrario: un ejercicio de racionalización del discurso, en el cual se asume una responsabilidad inmediata por lo dicho. El concepto de “libertad de expresión” proviene de la idea de “libertad” del filósofo Immanuel Kant, fundador del pensamiento moderno, quien veía a esta última como la “capacidad de los seres racionales para determinarse a obrar según leyes de otra índole que las naturales, esto es, leyes dadas por su propia razón”. De suerte tal que ese argumento de defensa utilizado por los discursos de odio o separatistas, en el cual señala que “sólo” ejercen su libertad de expresión, debe ser puesto en duda, porque o bien es una malinterpretación conceptual, o creen profunda y racionalmente en lo que dicen, lo cual implica que deben responsabilizarse por las consecuencias de sus palabras. 

Una vez aclarado uno de los temas centrales en esta controversia acerca de los medios de comunicación y su influencia sobre la opinión pública, veamos algunas de las acciones y textos realizados por Yiannopoulos. En primer lugar, Buzzfeed expone una visita que el infame Milo realizó a un karaoke de Dallas, Texas, donde se le vio realizar gestos nazis, mismos que fueron apoyados por el conocido nacionalista blanco, Richard Spencer

Buzzfeed también cuenta que Breitbart tiene conexión directa con la familia Mercer, grupo de multimillonarios fundadores del propio sitio, quienes además destinan una parte de la nómina al pago de usuarios conocidos como “trolls”, quienes deben subir contenido provocativo, generar conflictos y propagar mensajes de superioridad étnica. Esta avalancha de mensajes e información con un enfoque de odio, es llamada por Bannon, según la misma Buzzfed, la “maquina de matar”, pues se trata de un ataque sistemático y bien organizado contra aquellos que no pertenecen a los grupos supremacistas. 

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Además, los mails a los cuales accedió Buzzfeed, también revelaron que “Bannon tenía un plan maestro para Yiannopoulos, quien tendría que convertirse en el carismático editor de Breitbart, para luego colocarse como una estrella mediática y que así el discurso liberal del ala conservadora pudiera captar la atención de una nueva generación de supremacistas, con lo cual se obtendría una gran cantidad de simpatizantes en puntos clave, como Silicon Valley, Hollywood, la educación superior, los suburbios, etcétera”. 

Milo siguió el plan al pie de la letra, y cuando fue increpado por sus mensajes y discurso, se defendió al declarar que “me gusta encontrar el humor al momento de romper tabús y reírme de las cosas que la gente ha olvidado que se puede reír. Pero todo mundo sabe que no soy racista”, un argumento que, como ya se señaló, resulta simplista y poco ético, pues al amparo de la “incorrección política”, se está creando un caldo de cultivo para propagar palabras de odio. 

A pesar de su fama ascendente, Yiannopoulos, un tanto intoxicado por el poder recién adquirido, lanzó arengas sumamente radicales en Twitter, mismas que fueron señaladas por la comunidad de dicha red social, a grado tal que la empresa del ave azul no tuvo más remedio que suspender de manera definitiva el acceso de Milo a la página. Este revés provocó la furia de Bannon, quien ahora, luego de dejar su puesto en la Casa Blanca, ha recuperado las riendas del proyecto para “revivirlo”, como él ha declarado. 

¿Qué sucederá ahora que el principal creador e impulsor de este discurso de odio está de nuevo al mando de uno de los medios más influyentes en los Estados Unidos (como se comprobó en las pasadas elecciones, pues Breibart jugó un papel fundamental en la campaña de Trump)? Seguramente una repetición absoluta del asunto: el odio como mensaje central, matizado por una defensa del concepto erróneo de libertad de expresión. ¿Cuánto de eso permitirá el gobierno de Donald Trump? ¿Se agudizará la idea de que el presidente es permisivo con los mensajes de odio y los grupos de supremacistas? Las respuestas sólo vendrán con el tiempo, pero nos revelarán el verdadero rostro de la actual administración en la Casa Blanca. Atención a ello. 


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