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¿Qué entienden por "seducción" Catherine Deneuve y las francesas que se lanzaron contra #MeToo?

Israel Pompa-Alcalá

January 10, 2018

Catherine Deneuve encabeza un manifiesto realizado por diversas artistas francesas contra campañas como #MeToo y #TimesUp. Deneuve ha sido acusada en varias ocasiones de solapar conductas como la de Roman Polanski, quien está acusado de abuso a menores desde hace décadas. Imagen: Depositphotos

La reciente entrega de los Golden Globes se caracterizó no sólo por el reconocimiento a lo mejor del cine y la televisión durante 2017, sino que tuvo otras fuertes protagonistas: las actrices (y unos cuantos actores) sumadas a los movimientos #MeToo y #TimesUp, que han servido para denunciar, visibilizar y condenar varios casos de abuso o acoso sexual en la meca del entretenimiento. El impacto de dichas movilizaciones ha sido tal que la tradicionalmente glamorosa alfombra roja de los premios se vio totalmente teñida de negro, pues las mujeres decidieron portar dicha tonalidad en sus atuendos como símbolo de protesta contra las agresiones. 

A pesar de la popularidad, alcances y logros de acciones descritas, no a todo mundo le agrada el discurso emanado desde Hollywood. Hoy apareció, directamente desde Francia, un manifiesto firmado por un centenar de mujeres artistas e intelectuales galas, quienes señalan que existe un “clima de puritanismo sexual”, desatado por el caso Weinstein. El documento, publicado en el diario Le Monde, está respaldado por reconocidas figuras como la mítica actriz Catherine Deneuve, la escritora Catherine Millet, la cantante Ingrid Caven, la editora Joëlle Losfeld y la artista Gloria Friedmann, entre otras. 

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El fragmento central de la carta indica: “La violación es un crimen. Pero la seducción insistente o torpe no es un delito; ni la galantería, una agresión machista. Desde el caso Weinstein se ha producido una toma de conciencia sobre la violación sexual ejercida contra las mujeres, especialmente en el marco profesional. Eso era necesario.. Pero esta liberación de la palabra se transforma en lo contrario: se nos ordena hablar como es debido y callarnos lo que moleste, y quienes se niegan a plegarse a estas órdenes son vistas como traidoras y cómplices”. Al final del párrafo, las firmantes dicen lamentar que las mujeres se hayan convertido en “pobres indefensas bajo el control de los demonios falócratas”. En otra parte del escrito, advierten “el regreso de una moral victoriana”, la cual no empodera a las mujeres, sino que las vuelve vulnerables ante “los enemigos de la libertad sexual, como los extremistas religiosos”. 

Es pertinente aclarar que entre las mujeres que apoyan estas ideas se encuentran Peggy Sastre, autora de un ensayo llamado "La dominación masculina no existe", así como la escritora Abnousse Shalmani, quien en septiembre escribió una columna donde señala que “el feminismo se ha convertido en un estalinismo con todo su arsenal: acusación, ostracismo, condena”. 

Una vez hecha esta aclaración, la cual nos coloca en mejor contexto, detengámonos en partes puntuales del texto, las cuales resultan bastante debatibles. “[…] la seducción insistente o torpe no es un delito, ni la galantería una agresión machista”. Primero, y lo más complejo: ¿cuáles son los límites de la seducción y la galantería? El asunto no está en las formas, sino en el fondo: no se trata de que se "muera la seducción”, sino que ésta cuente con un concepto clave: el consenso. Por ello resulta sorpresiva la inserción de la palabra “insistente”. ¿No es molesta y violenta la necedad, la pasivo-agresividad y la sordera masculina ante la negativa femenina? ¿No resulta tóxico romantizar la insistencia y confundirla con “pasión”? Reparemos, por ejemplo, en el término “conquista”. Según el diccionario, conquistar se define como “apoderarse de un lugar, como un territorio o una ciudad por la fuerza, especialmente con armas o violencia”. La “insistencia” de la que habla el manifiesto no está alejada de la “conquista” romántica, que a su vez está basada en la definición dada: apoderarse de algo a través de la fuerza. ¿No resulta peligroso que un grupo de respetadas e influyentes mujeres avale un asunto como ese? Todo indica que sí. 

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Ahora bien, resultaría prudente poner atención a un minúsculo matiz, el cual puede ayudar a entender (mas no justificar) lo declarado en la del manifiesto señalada: existen grandes diferencias culturales al momento de concebir el amor, las relaciones y el erotismo. Enla cultura francesa, con su amplia fama de ser una nación pasional, seguramente resultan “normales” ciertas acciones al momento del coqueteo o la ya señalada “conquista”, que en otras partes se leen como agresiones. 

El tema, por tanto, se torna complejo; sin embargo, existe la posibilidad de cuestionar dichas prácticas a partir de un ejercicio de autocrítica, sobre todo en temas que tienen que ver con la ostentación, uso y manifestación del poder, porque aunque a muchas personas les parezca que las mujeres se han “victimizado” en años recientes, basta echar un vistazo analítico a las estructuras que sostienen el mundo, para darse cuenta cómo éstas operan para mantener el privilegio masculino

Revisemos ahora el fragmento donde las francesas señalan que “[…] se nos ordena hablar como es debido y callarnos lo que moleste, y quienes se niegan a plegarse a estas órdenes son vistas como traidoras y cómplices”. Esto resulta muy cercano al argumento de “lo políticamente correcto está matando el humor” o “la corrección política es una nueva inquisición”. 

De nuevo: el asunto no es de forma, sino de fondo. No se trata de generar un dogma al respecto, sino que la llamada “incorrección política” muchas veces sólo funciona como una máscara o pretexto para realizar comentarios racistas, sexistas, clasistas o contra la comunidad LGBTTTIQ. Y aunque esto último pueda parecerle a mucha gente impopular, la verdad es que argumentar que la “corrección política” o los movimientos feministas se han convertido en corrientes totalitarias, discursos de censura o que nos pueden regresar a una “moral victoriana” sólo revela cierta incapacidad para alejarse del status quo, pero sobre todo, aversión ante la posibilidad de generar nuevas estructuras, dinámicas y formas de utilizar el poder. Para ponerlo en una sola y poderosa frase, dicha por Simone de Beauvoir, una de las intelectuales feministas más importantes de la historia, “el opresor no sería tan fuerte si no tuviera cómplices entre los propios oprimidos”. 

La parte que afirma que movimientos como #MeToo o #TimesUp ayudan de manera colateral a “los enemigos de la libertad sexual, como los extremistas religiosos”, es bastante falaz en su sustento. ¿Qué significa la libertad sexual realmente? ¿El libre ejercicio de la sexualidad? Si es así, entonces prácticas como la “insistencia” afectan dicha libertad. Por lo tanto, o la idea de las francesas cae en una gran contradicción o simplemente privilegian la libertad sexual de los hombres sobre la de las mujeres.

Ahora bien, si no se trata de eso, ¿de qué? ¿De la  “libertad” sexual conceptualizada por el ojo masculino? Un sencillo (aunque siempre polémico) ejemplo: la pornografía. Esta industria creció a pasos agigantados justamente a partir de la llamada liberación sexual. Sin embargo, ¿a qué costo lo ha hecho? Existen varias cifras y datos que señalan una violencia sistemática contra las mujeres inmersas en este negocio, como el hecho de que la mayoría de ellas sufre agresiones físicas y sexuales, o bien, que la mayoría de ellas tiene problemas de adicción porque deben drogarse para soportar las humillaciones y el desgaste físico. Muchas personas defienden que el porno es un campo donde las mujeres pueden empoderarse sexualmente; sin embargo, la realidad demuestra que de empoderamiento no existe rastro, sino que se trata de un asunto diseñado para satisfacer el placer masculino. 

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Al argumento que coloca a las mujeres como “pobres indefensas bajo el control de los demonios falócratas” habría que sumar otra parte del manifiesto, que señala las acusaciones contra los depredadores como “una campaña de delaciones y acusaciones públicas hacia individuos a los que no se deja la posibilidad de responder o defenderse”. A esta idea (y la totalidad del texto) un grupo de feministas francesas ha respondido con otra carta, donde puntualizan que: “[la mayoría de las mujeres firmantes son] reincidentes en la defensa de pedocriminales o de apología de la violación”, quienes utilizan su “visibilidad mediática para banalizar la violencia sexual y despreciar el hecho de que millones de mujeres sufran o hayan sufrido este tipo de violencia. En Francia, cada día, centenares de miles de mujeres son víctimas de acoso. Decenas de miles de agresiones sexuales. Centenares de violaciones”. Ante lo cual, concluyen: “[las mujeres del manifiesto] mezclan deliberadamente una relación de seducción basada en el respeto y el placer con la violencia”. 

La idea anterior nos ayuda a esbozar un intento de conclusión: todo se reduce a las formas que la hegemonía masculina (cuya existencia puede ser demostrada en todos los campos de la vida a lo largo de la historia con suma facilidad) tiene para violentar, ivnadir, conquistar e invalidar el espacio femenino. 

El hecho es que, como sociedad, los hechos recientes, o recientemente salidos a la luz, tanto en Hollywood como en el resto del mundo (no olvidar, por ejemplo, la ola feminicida o de violación en países como México, España y Brasil), nos colocan frente a una encrucijada tan grande como la que en su momento representaron la lucha por los derechos civiles, pues como bien señala otra respuesta feminista al manifiesto publicado en Le Monde “los cerdos (en referencia al #Balancentonporc, símil del #MeToo) y sus aliados/as tienen motivos para preocuparse. Su viejo mundo está a punto de desaparecer”. Es momento de tomar una postura al respecto. Que cada quien elija en qué bando estar. Al final, la historia, como sucede en toda revolución vital, demandará a cada cual su responsabilidad. 

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