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La industria porno está matando a sus actrices

Israel Pompa-Alcalá

January 31, 2018

Imagen: Archivo

El entretenimiento para adultos quizá es uno de los negocios más longevos y poderosos de la historia. A pesar de considerarse un tabú por varias décadas, la pornografía siempre ha estado ahí. Basta echar un vistazo a los archivos, por ejemplo, del cine, para notar que casi al mismo tiempo que un tren en movimiento asustaba a la gente de principios del siglo XX, se rodaban escenas eróticas. 

Sería a partir de la década de los setenta, como consecuencia de la llamada “revolución sexual”, que el porno daría el salto al mainstream, gracias a filmes hoy considerados “clásicos”, como Garganta Profunda, El Diablo en la Señorita Jones o Detrás de la Puerta Verde. Luego llegaría la década de los ochenta con una mayor producción de cintas porno y el surgimiento de los primeros imperios. Sin embargo, la era digital pondría realmente al alcance de cualquiera los productos de esta parte de la industria, que sólo se ha vuelto más fuerte con el paso del tiempo, pues cuenta con millones de asiduos por minuto en la gran red. 

Sin embargo, es conveniente preguntarnos qué clase de entretenimiento o erotismo consumimos, pues podemos estar siendo cómplices de una industria misógina y maltratadora sin darnos cuenta. 

Hace pocos días, las alarmas en el porno se prendieron cuando Olivia Lua, actriz porno de 23 años, fue encontrada muerta en un centro de rehabilitación de Los Ángeles, donde permanecía internada por una recaída. Los primeros reportes señalan que una mezcla de alcohol y pastillas se llevaron la vida de Lua. Las investigaciones puntualizan que pudo haber sido un acto premeditado, pues Olivia se encontraba en un bache laboral debido a su adicción. 

Estrellas XXX confiesan experiencias aterradoras en la industria porno

Lo alarmante del asunto es que Lua es la quinta actriz porno que ha muerto bajo circunstancias trágicas en los últimos dos meses y medio, desde que la canadiense y también actriz porno Shyla Stylez fuera encontrada muerta en la casa de su madre en Calgary. Las otras tres mujeres muertas son Olivia Nova (20 años), August Ames (23 años) y Yuriza Beltrán (31 años). Antes de esta funesta oleada, en julio de 2016 apareció colgado el cuerpo de January Serpah, actriz de 34 años que había rodado cerca de cincuenta películas y atravesaba por una severa depresión. 

Todas estas muertes, aparentemente inconexas, tienen un común denominador: las hoy fallecidas mostraban signos de poca estabilidad mental, la cual puede ser provocada por las deficientes condiciones laborales que ofrece la industria pornográfica, entre ellas, la ausencia de seguro médico, la falta de apoyo psicológico ante las particularidades de su trabajo, el deterioro físico al que se someten, y por supuesto, la nula atención que se pone a las agresiones físicas/sexuales/emocionales sufridas por las mujeres, pues dado el estigma social que aún pesa sobre ellas, se considera que cualquier abuso ocurre porque “se lo buscaron”. 

El asunto no es nuevo. Linda Lovelace, quien protagonizara Garganta Profunda, ha declarado una y otra vez lo terrible que fue la época que se dedicó al porno, pues era sometida, humillada y violentada tanto por sus “compañeros” como por parejas y otros hombres. También es común escuchar casos de mujeres jóvenes que entran a la industria pensando que se trata de asuntos consensuados y que las empoderan, cuando prácticamente son violadas y vejadas por el equipo con el cual se enfrentan.

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El psicólogo Gad Saad dijo en entrevista para Fox News, una vez ocurridas las lamentables muertes de las mujeres, que “cuando la cámara está encendida, todo mundo está feliz. Los problemas empiezan cuando el trabajo escasea. El teléfono deja de sonar y las actrices se preguntan: ‘¿ahora qué?’. Entran en crisis porque no pueden planear su futuro”.

A esto hay que añadir el daño psicológico profundo que desarrollan cuando se hacen parcialmente conscientes del maltrato sistemático al que han sido expuestas. Y es que como señala la actriz Ela Darling, otro de los asuntos que afecta a las actrices es el poco salario recibido (700 dólares por filmar con una mujer y 1,000 por grabar con un hombre), lo cual lleva a las actrices a aceptar cualquier papel, sin darse cuenta que cada vez se involucran en prácticas más fuertes o riesgosas. “El porno es un trabajo muy duro”, dice Darling, “pues eres prácticamente una agente freelance. Son durísimos los períodos con poco trabajo, donde te preguntas a solas si volverás a trabajar. Para una actriz porno no es fácil dejar el oficio y volverse, digamos, profesora”. Esto remarca el estigma social que sobre ellas pesa. 

Por eso es importante que, además de cuestionar nuestro consumo del porno, la misma sociedad abandone sus prejuicios al respecto, al tiempo que luche para que las mujeres que se quieran involucrar en dicha industria, cuenten con los derechos laborales y humanos que se otorgan en cualquier otro oficio.

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