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Brutalidad policial y racismo: cuando el color te hace sospechoso

Israel Pompa-Alcalá Israel Pompa-Alcalá

07 de agosto de 2017, 10:27 hrs

police brutality

Imagen: Depositphotos

El pasado 28 de julio en un evento realizado en Long Island el presidente Donald Trump lanzó un discurso dirigido oficiales de policía de todo el país, con el que los invitó y animó a continuar con un buen cumplimiento de la ley. Todo transcurría de forma normal hasta que Trump, en referencia a la gente arrestada y el trato que la policía le da, declaró: “Por favor no sean demasiado amables. Cuando ustedes suben a alguien a las patrullas, protegen su cabeza al poner una mano por encima para que no se golpeen con alguna parte del auto. Yo digo que si esas personas mataron a alguien, ustedes pueden quitar la mano de su cabeza, ¿ok?”. La respuesta de la mayoría de los policías fue reír y aplaudir con fuerza las palabras del presidente. 

¿Qué lectura dejan ambos hechos? Que a gran parte de la policía estadounidense (habrá que ser justos: hay elementos como Michael Harrison, superintendente de la Policía de Nueva Orleans, que condenan y señalan la declaración de Trump como irresponsable) la complace esta especie de permiso otorgado por el presidente para ejercer la fuerza según su conveniencia y criterio. Esto, en un país como donde la brutalidad policiaca ha sido tema recurrente en el último par de años debido a la brecha racial que existe al momento de ejercer la ley. 

El tema del abuso policial según la raza se colocó en primer plano en 2012 con el asesinato de Trayvon Martin a manos de George Zimmerman, coordinador de vigilancia de la comunidad cerrada conocida como The Retreat at Twin Lakes en Sanford, Florida. El caso terminó con gran polémica, pues a pesar de haberse demostrado que Zimmerman persiguió a Martin por el vecindario para luego atacarlo únicamente por considerarlo “sospechoso”, el agresor fue absuelto de todo cargo. A partir de ese momento, se utilizó en redes el hashtag #BlackLivesMatter para denunciar las injusticias que los distintos cuerpos de la ley cometían contra los afroamericanos. Un año después, fueron asesinados Eric Garner en Nueva York y Michael Brown en Ferguson. Ambos casos fueron muy mediáticos, pero el de Brown alcanzó mayor difusión tras conocerse los detalles: el joven de tan solo 18 años de edad falleció luego de recibir 6 disparos por parte del agente Darren Wilson. Según la policía, Brown era sospechoso de robo a mano armada; sin embargo, se demostró que el tiroteo no tuvo relación alguna con dicho atraco. 

Este tema lleva años de discusión en los Estados Unidos, pues son varios los casos de brutalidad cometidos no sólo contra la comunidad afroamericana, sino contra otras minorías. Al revisar algunos datos, la conclusión es contundente: la policía de los Estados Unidos se muestra más agresiva con personas de razas distintas a la blanca. 

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Por ejemplo, un estudio realizado por la Universidad de California reveló que existe evidencia significativa para afirmar que la probabilidad de ser asesinado por la policía si eres una persona afroamericana desarmada es 3.49 veces más alta que si eres una persona blanca desarmada. Este hecho lleva a otro tipo de conclusiones, como a la que llegó una investigación del Washington Post, en la que Wesley Lowery, autor del artículo, dice: “El único hecho relevante para predecir si una persona desarmada será asesinada por la Policía es si ésta es afroamericana o no. Las variables presentadas por las estadísticas nos dicen que no importa si el sujeto traía un arma, sino su color de piel”. 

Ahora bien, hay voces que señalan que las mismas estadísticas demuestran que la policía le dispara con finales funestos a más gente blanca que de otras razas, lo cual parece ser cierto, hasta que se revisan los datos con más cuidado: para 2015, la policía había disparado al doble de sospechosos blancos que a sospechosos afroamericanos. En estos tiroteos, murió el 50% de gente blanca, frente al 26% de afroamericanos. Sin embargo, hay que considerar que la población total de blancos en Estados Unidos asciende al 62%, mientras que los negros conforman sólo el 13% de la población, pero son detenidos en el 62% de los casos de robo, el 57% de asesinatos y el 45% de asaltos cometidos en 75 de las ciudades más importantes de Estados Unidos. 

Pero este asunto no es exclusivo de la minoría negra. Según Heather Mac Donald, en un texto escrito para The Wall Street Journal, el 12% de los asesinatos de la comunidad hispana, la tercera con mayor presencia en los Estados Unidos, son perpetrados por la policía. A pesar de estos números, los grandes medios han ignorado muchos de estos casos. Por ejemplo, está el caso de Jessica Hernández, joven latina que fuera asesinada por cuatro tiros a los 17 años luego de que la policía la acusara de manejar un auto robado, el cual dirigió contra los oficiales. Sin embargo, la autopsia demostró que la acusación no era del todo real, pues los disparos, además de resultar demasiados, ocurrieron desde lejos y con una precisión inaudita para un auto en movimiento. Si bien hubo ciertas protestas, el caso no tuvo la misma resonancia que otros, a pesar de su similitud. 

Aclaración: exponer este tipo de casos ocurridos en la comunidad hispana, no tiene el afán de recriminar a un movimiento como el Black Lives Matter, sino que se trata de una invitación a hacer conciencia de que las minorías en Estados Unidos están a merced de la fuerza policial, no sólo en términos de asesinato, sino de abuso sexual (la segunda agresión más común realizada por agentes en todo el país), abuso de fuerza (las lesiones y agresiones contra gente de otras razas supera por un amplio número a las presentadas por gente blanca) o detenciones (la raza es un factor importante al momento de determinar quién puede ser acusado o no de un delito, según diversos reportes). 

Frente a estas cifras, las palabras del presidente Trump no deben ser tomadas a la ligera o como una broma, sino como una alarma por parte de las instituciones destinadas a defender los derechos humanos tanto de las minorías como de la gente blanca sin privilegios, pues el hecho de pedir a los policías que dejen de ser “amables” se traduce en una mayor permisividad para ejercer fuerza sobre aquellos contra quienes aplican la ley, que en su mayoría son, paradójicamente, las minorías. 

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