SECCIONES DENoticias

Ayahuasca, de rito sagrado en Sudamérica a droga de moda en EEUU

Israel Pompa-Alcalá Israel Pompa-Alcalá

13 de agosto de 2017, 16:31 hrs

depositphotos

Imagen: Depositphotos

El 5 de febrero de 1971, luego de 6 días de viaje, la misión Apolo 14, comandada por Alan B. Shepard y Edgard D. Mitchell, se convirtió en la tercera que completó de manera exitosa un alunizaje. Luego del fracaso del Apolo 13, existía un miedo natural en la NASA a que la octava misión tripulada del programa Apolo también fallara. Sin embargo, esta vez no hubo contratiempo alguno, al contrario, fue tal el logro que incluso Shepard, a escondidas de los técnicos del vuelo, introdujo un palo de golf en la misión y una vez en la luna golpeó un par de bolas ante los ojos del mundo, con lo cual se convirtió en una figura icónica. 

El 6 de febrero de 1971, mientras Shepard mejoraba su técnica de golpeo desde la Luna, dos hermanos estaban por emprender un viaje similar al del Apolo 14, sólo que hacia los interiores del espíritu humano. Dennis y Terence McKenna, ansiosos por respuestas espirituales luego del fallecimiento de su madre, se internaron en lo profundo del cono sur para hallar eso que les hacía falta. “Habíamos probado toda clase de opciones ideológicas”, platica Terence en su libro True Hallucinations, “así que decidimos poner toda nuestra energía en una experiencia psicodélica”.

Movidos por esta curiosidad, descubrieron que en cierta región de Sudamérica existía el yagé, también conocido como ayahuasca: un intenso alucinógeno descubierto y utilizado por las comunidades indígenas en ceremonias rituales. Fue así que llegaron hasta la frontera peruana, donde, luego de cuatro días de viaje, se encontraron frente a lo que Dennis, en sus memorias llamadas Brotherhood of the Screaming Abyss, describiría como un “paraíso psicodélico donde los hongos alucinógenos y la ayahuasca crecían a nuestros pies”. Luego de tomarla juntos, los hermanos vivieron una alucinación que definirían como “televisión vegetal”, pues sentían que recibían importante información directamente de las plantas del Amazonas.

Luego de unos cuantos días más de ingesta, se dieron cuenta de que se encontraban frente a algo totalmente revelador, una sustancia capaz cambiar el curso de la historia. Se convirtieron en unos entusiastas de la ayahuasca, y llevaron ese conocimiento fuera del Amazonas, directo a los Estados Unidos. 

El día de hoy, varias décadas después del descubrimiento de los McKenna, el uso de esta droga se ha convertido en una auténtica moda: desde los lugares más sofisticados, la gente habla de “ceremonias de ayahuasca”, las cuales se venden como una experiencia espiritual desde la comodidad de tu hogar o ciudad. Tim Ferris, famoso gurú de San Francisco, cuenta a la escritora Ariel Levy en un reportaje para The New Yorker: “la ayahuasca aquí es como tomar una taza de café. A veces tengo que evitar a la gente en las fiestas porque no quiero escuchar su última experiencia de colores caleidoscópicos”. 

En el mismo artículo, Leanna Standish, investigadora de la University of Washington School Medicine, estima que durante “cualquier noche en Manhattan se llevan a cabo cientos de ‘círculos de ayahuasca’”, donde personas celebran pequeños rituales liderados por algún personaje que se llama a sí mismo chamán, ayahuasquero, curandero, sanador, etcétera. Algunos de estos guías son descendientes directos de chamanes peruanos, mientras otras se validan sólo por tener acceso a la ayahuasca (los chamanes “impostores” son llamados "yogahuascas"). Se estima que hay personas que llegan a pagar 2,000 dólares por integrarse a uno de estos actos rituales, pues hoy la ayahuasca, a pesar de ser considerada por parte de la ciencia médica como una droga peligrosa, se vende como un alucinógeno natural eficaz contra asuntos como el estrés y la neurosis. 

El entusiasmo por esta sustancia ha llegado a lugares verdaderamente insospechados, por ejemplo, hasta los trabajadores de la industria de la tecnología en Silicon Valley, quienes usan la ayahuasca como un potenciador creativo, ya que las alucinaciones provocadas suelen traer consigo la expansión mental y sensorial con respecto a la realidad.

Por otro lado, no sólo Estados Unidos se ha rendido a la moda de la ayahuasca, pues países como Suiza, Alemania, México, Argentina y Francia son fuertes consumidores del yagé, a pesar de que en los dos últimos su ingesta está prohibida por ley. 

Ahora bien, a pesar de que ha generado gran cantidad de simpatías, existen voces que critican la banalización que se ha hecho de un ritual sagrado, así como la apropiación cultural que se ejerce sobre mitos y tradiciones indígenas. La psicóloga Any Kieger dice para el periódico La Nación: “la oferta de un evento que en tres días y tres noches desintoxique de todo sufrimiento a una persona está fuera de todo razonamiento lógico, porque el malestar es crónico. El discurso funciona como sugestión, sobre todo cuando se trata de un acto grupal, donde se genera la identificación e imitación. Se genera una catarsis a través de la sugestión, no mediante un trabajo emocional profundo. Se administra una sustancia con la idea de un pensamiento mágico que la cree tan poderosa que es capaz de neutralizar una vida en relación, por ejemplo, a adicciones crónicas. Desde la lógica, eso es imposible”. 

Otras voces críticas argumentan que los falsos chamanes o yogahuascas han hecho de la tradición ancestral un muy jugoso negocio, pues obtienen grandes cantidades de dinero a pesar de haber sacado la planta de su entorno y no contar con el bagaje o preparación cultural milenaria para llevar a cabo el rito de manera adecuada y precisa, sino mediante una interpretación occidental del mismo, con lo cual le retiran toda cualidad mística para convertirlo en un mero paliativo y solución fácil a los problemas de las ciudades industrializadas modernas, lo cual se acentúa cuando se observa el común denominador de los asistentes a estas ceremonias: gente rica que tiene la cantidad de dinero suficiente para comprarse una experiencia espiritual

Polémicas aparte, una cosa es clara: de las primeras experiencias de los McKenna a las fiestas rituales cosmopolitas, la ayahuasca ha emprendido un viaje sin retorno a la gentrificación de su propio mito