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Mara Fernanda Castilla, la nueva víctima de una sociedad feminicida

Israel Pompa-Alcalá Israel Pompa-Alcalá

15 de septiembre de 2017, 18:00 hrs

Mara

Familiares cargan el ataúd de Mara Fernanda Castilla durante su funeral en Xalapa, México. Imagen: Reuters.

El pasado 5 de mayo, Mara Fernanda Castila, publicó en su cuenta de Twitter: “#SiMeMatan es porque me gustaba salir de noche y tomar mucha cerveza…”, con lo cual se unió al hashtag #SiMeMatan, que se volviera viral luego de que miles de usuarias lo utilizaran para mostrar su indignación ante el asesinato de Lesvy Osorio, quien fuera hallada en las inmediaciones de Ciudad Universitaria (UNAM) con un cable de teléfono público alrededor de su cuello. 

Durante las investigaciones del crimen, la Procuraduría de la Ciudad de México señaló que Lesvy era drogadicta y alcohólica, lo que desató indignación inmediata en redes, pues como suele suceder en México (y el resto del mundo), cada que se da a conocer un caso de feminicidio, automáticamente se responsabiliza o culpa a la víctima de lo sucedido. El hashtag #SiMeMatan fue tomado por infinidad de mujeres para plantear cuáles serían las “razones” que las autoridades darían en caso de convertirse en víctima de un crimen como el de Lesvy. 

Hoy, el tuit de Mara resuena con mayor fuerza, pues la joven de 19 años, reportada como desaparecida el pasado 8 de septiembre luego de abordar una unidad del servicio de transporte Cabify, fue confirmada como nueva víctima de feminicidio, luego de que esta tarde el gobernador de Puebla, José Antonio Gali Fayad, diera a conocer el hallazgo de sus restos en una barranca de la zona de Xonacatepec y Barranca Honda, en los límites de Puebla y Tlaxcala.

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En conferencia de prensa, el Fiscal del estado, Victor Carrancá, mencionó que el chofer de Cabify, Ricardo Alexei (o Ricardo “N”), llevó a Mara a su domicilio, sin embargo, como lo comprobó una cámara de seguridad, la joven no descendió del vehículo, por lo que se sospecha que pudo haberla dormido. Posteriormente se dirigió al motel El Sol, donde la mató, para luego envolver su cuerpo en sábanas y conducir hasta el punto donde fue encontrada la estudiante. 

Tras darse a conocer esta información, las redes volvieron a llenarse de indignación ante el caso, pues con Mara, tan sólo en lo que va del año, el estado de Puebla suma 83 crímenes de esta índole. Sin embargo, no se trata de un tema reciente, pues en las últimas dos décadas, México atraviesa una crisis aguda en cuanto a feminicidios. Basta recordar a las llamadas “muertas de Juárez”, nombre que se le dio a los más de 700 asesinatos (número estimado hasta 2012) cometidos contra mujeres al norte del país, o bien, la reciente ola de violencia en Ecatepec, municipio del Estado de México, catalogado por la BBC como el peor lugar para ser mujer en todo el país, pues en dicha región se combina “la muerte fácil, el desprecio hacia la mujer, la inseguridad generalizada y la impunidad”, según informa el medio británico. 

Entonces cabe preguntarnos, ¿el asesinato de Mara es un caso particular o se trata de la manifestación de un problema mucho mayor, de una estructura compleja que permite, solapa y fomenta estos crímenes? 

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Basta revisar, además de los casos mexicanos señalados, la repetición de hechos similares alrededor del mundo: en mayo de 2016, Marina Menegazzo y María José Coni, dos jóvenes argentinas que se encontraban de viaje, fueron violadas y asesinadas en la ciudad costera de Montañita al oeste de Ecuador; sólo unos días después, una adolescente brasileña de 16 años fue violada por más de 30 hombres durante una fiesta en Río de Janeiro, quienes además difundieron en redes sociales un vídeo donde se observa a la menor desnuda y desmayada; en junio del mismo año, se dio a conocer el caso de Brock Allen Turner, estudiante de la Universidad de Stanford, quien fue sorprendido por otros dos estudiantes suecos, mientras frotaba su cuerpo sobre una mujer inconsciente y semidesnuda detrás de un contenedor de basura. 

MaraMara

En todos los casos existió la misma constante: las víctimas fueron culpadas socialmente por “estar borrachas”, “viajar solas”, “exponerse”, “vestirse provocativamente”, “salir muy tarde”, etcétera, frases que hoy se repiten en el terrible asesinato de Mara. Si seguimos la secuencia lógica, encontraremos un patrón claro: los feminicidios y la violencia contra la mujer están sostenidos no sólo por quienes perpetran dichos crímenes, sino por toda una estructura cultural y social machista y misógina (no es sólo la agresión explícita, sino el acoso callejero, los chistes que denigran a la mujer, el cuestionamiento constante a su físico, sus decisiones sexuales, reproductivas, etcétera). 

Si bien hoy muchas voces en redes condenan lo sucedido con Mara (igual que ocurrió con Lesvy, los feminicidios en Juárez y Ecatepec, con las mujeres argentinas, la adolescente brasileña y la estudiante estadounidense), otras tantas mantuvieron un dedo flamígero sobre la joven asesinada, al cuestionar su accionar, sus decisiones y su comportamiento, cuando realmente la indignación debería estar dirigida a un país (México) que registra entre 5 y 7 feminicidios diarios (según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe, cada dos horas se comete un asesinato de esta índole en Latinoamérica), hecho que sólo demuestra una violencia sistemática y estructural, al tiempo que impune, pues la mayoría de casos terminan sin resolverse de manera adecuada, archivados o convertidos en una cifra más. 

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El asesinato de Mara Fernanda Castilla vuelve a ponernos frente a un espejo negrísimo, cuyo reflejo es una sociedad machista y misógina que aplasta la vida de mujeres inocentes cuyo único pecado fue querer vivir de manera libre, independiente y sin miedo. Porque no, no fueron las altas horas de la noche, la fiesta, el alcohol, la vestimenta, la calle oscura, la falta de precaución o el ejercicio de su sexualidad quienes mataron a Mara, sino un agresor proveniente de un sistema de pensamiento que considera a las mujeres objetos desechables, cobijado por una sociedad que siempre cuestionará a la víctima, amparado por autoridades incompetentes o coludidas y creyente de una cultura patriarcal.

Mara lo advirtió hace meses al levantar la voz por el asesinato de Lesvy. Hoy ambas ya no están. Hagamos algo por ellas y por las miles más que han desaparecido. Ni una mujer menos.