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Esclavitud moderna: una realidad en el siglo XXI

Azteca América Azteca América

17 de octubre de 2017, 08:42 hrs

esclavitudLa esclavitud ha alcanzado nuevas formas de seguir existiendo. Ya no se vende a la gente en mercados, sino que es el mismo mercado quien las somete. Imagen: archivo. 

En años recientes se ha discutido, tanto en diversos foros humanitarios como en la élite académica, la pertinencia de afinar un concepto que, en pleno siglo XXI sonaría arcaico, pero es total y peligrosamente real: la esclavitud

¿Por qué el debate? Porque si bien este término se considera rebasado desde hace siglos (la Declaración de los Derechos del Hombre tras la Revolución Francesa es el aparente parteaguas para una sociedad libre y equitativa), no ha sido erradicado: sólo ha cambiado sus formas y preceptos, mientras afina los modos en que coarta la libertad de otro ser humano. 

El asunto radica en que la llamada "esclavitud moderna", misma que puede ir de la explotación laboral a la trata de personas con distintos fines, muestra números cada vez más alarmantes. Por ejemplo, el año pasado, la Organización de Labor Internacional (ILO por sus siglas en inglés), estimó que cerca de 21 millones de personas se encuentran oprimidas por trabajos forzados y otras formas de esclavitud. Al respecto, la propia ILO ha propuesto un nuevo concepto de trabajo forzado, mismo que se define como una situación donde cualquier persona es obligada a realizar una labor o servicio contra su voluntad, bajo amenaza de violencia física, psicológica o aplicación de castigos de diversa índole. 

Esto ha llevado a otros teóricos a pedir el replanteamiento del concepto "esclavitud", ya que aún se mantiene la definición de la Liga de las Naciones de 1926, la cual se limita a decir que la esclavitud es entendida como el estatus de una persona con poderes sobre otra, es decir, de un "dueño" sobre su "propiedad". A pesar de que esa es una explicación prácticamente universal del problema, se han hecho varios intentos por ampliar las acepciones de la palabra, ya que actualmente no se limita a un asunto de propiedad como antaño, sino que se ha refinado a grado tal que la esclavitud puede presentarse de maneras poco explícitas, pero igual de contundentes. 

Los caso más sonados respecto a este último punto, persisten en países con altos grados de corrupción y pocas restricciones en leyes laborales. Ahí están los infinitamente documentados casos en Asia, donde la población trabaja de manera agotadora, en condiciones inhumanas (casi siempre para la industria textil o tecnológica) y de hacinamiento, todo en aras de obtener mayor ganancia a bajísimo costo.

 Aunque nos duela, la realidad es contundente: existen altas probabilidades de que el teléfono celular que tenemos en la mano, los tenis que calzamos o la ropa que vestimos, sean producto de un trabajo que debe ser considerado esclavitud, pues denigra y somete a personas de manera estructural. 

¿A qué nos referimos cuando hablamos de estructuras violentas? Por ejemplo, la vorágine económica: cada vez menos oportunidades de trabajo digno, sumadas a una mayor población necesitada de trabajo, genera que las empresas, ávidas de capital, otorguen puestos que exigen mucho y remuneran poco, por decir lo menos, ya que en lugares como América Latina y la misma Asia, existen personas que otorgan su fuerza de trabajo durante largas jornadas a cambio de puras migas. 

Por otro lado, el tráfico de personas para explotación laboral, sexual o tráfico de órganos, es un foco de la esclavitud que apenas se trata de manera reciente, puesto que se trata de un problema que se agudiza sin fin. Este rubro de la ilegalidad y el crimen organizado es muy complejo de atacar, pues no sólo las cifras resultan terriblemente borrosas (a pesar de que se sabe que el número de víctimas alcanza los millones de personas, la cifra real siempre será incalculable y superior a los estimados), sino que es una actividad que se realiza con protección de gobiernos corruptos y redes de poder sumamente cohesionadas, pues lo que está en juego es muchísimo dinero. 

Según ciertos cálculos, el tráfico de personas genera mayor cantidad de ingresos que otras industrias sumamente poderosas, como la armamentista o la automotriz. Por tanto, son muy pocas las personas que enfrentan cargos o cumplen condenas en prisión por este delito, ya que se trata de un coto de poder protegido por aquellos a quienes beneficia: tanto consumidores como proveedores. 

Es por ello que debemos replantear nuestra forma de comprender el mundo, dejar de lado las ambiciones económicas y de poder, pues estos son conceptos inventados por nosotros mismos para dominar a otros. Tenemos que luchar por un mundo donde las leyes sean cada vez más fuertes en casos de explotación laboral y tráfico de personas, pues la cantidad de gente que hoy sufre por esto, es simplemente abrumadora. 

Debemos encontrar nuevas formas de producir, laborar y colocarnos límites ante los otros, ser responsables con ellos, dejar de generar necesidades falsas que impulsan a una industria voraz a someter a millones de personas, pero sobre todo, tenemos que aceptar que la esclavitud persiste. Sí, la gente ya no es vendida a los poderosos en mercados populares: hoy es sometida, vulnerada y abusada por el mercado que nosotros hemos creado. Destruyamos todos los grilletes. Destruyamos las estructuras políticas, sociales y económicas que mantienen a millones de personas como esclavos.