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La vida de los vampiros en el siglo XXI

Azteca América Azteca América

31 de octubre de 2017, 09:03 hrs

vampiros

Imagen: Archivo.

La ingesta de sangre humana suele estar asociada al mundo de la fantasía o la antigüedad. Por ejemplo, en el siglo XV se creía que consumir sangre otorgaba la capacidad de revitalizar la juventud de una persona, a grado tal que existen registros reales de que el Papa Inocencio VIII solicitó, en su lecho de muerte, que el médico le diera el líquido rojo. 

En la siguiente centuria, nació la leyenda de la condesa Isabel Báthory de Ecesed (Báthory Erzébet en húngaro), la mujer que (presuntamente) más asesinatos ha cometido en la historia, pues eliminó a más de 650 muertes para utilizar su sangre, untada o bebida, con el fin de mantenerse joven. 

Estas prácticas llegaron a su fin con la llegada de la Ilustración, así que entre los siglos XVIII y XIX, lo que antes era una creencia popular, se fue desvaneciendo… o al menos eso creíamos. 

En pleno siglo XXI, son varios los casos conocidos y documentados de comunidades de “vampiros reales”, las cuales cuentan con una organización bien estructurada, códigos estrictos y reglas de comportamiento que derrumban toda idea o mito a su alrededor, pues la mayoría de ellos no cree en asuntos paranormales, sino que consideran su afición a la sangre como una necesidad biológica real. 

Este grupo de personas no se asume como “no muertos” o “inmortales”, tampoco se sienten débiles frente al ajo, un crucifijo o por la luz del sol. De hecho, se trata de seres humanos normales con una peculiaridad: necesitan sangre humana o de animales (estos últimos son llamados “sanguinarios” dentro de la comunidad) para sobrevivir. Además existe una variante llamada “vampiros psíquicos”, quienes más que sangre, necesitan absorber la energía de las personas de manera consciente para sentirse bien. 

Los participantes de estos grupos consideran que el vampirismo no es algo que se adopta un día y se abandona al otro, tampoco es una moda o una tendencia, una curiosidad o algo morboso, sino que realmente lo conciben como una necesidad físico-biológica que los hace beber sangre. 

Por ejemplo, la BBC reportó (en un texto escrito por el sociólogo David Robinson) el caso de un adolescente de 14 años quien dijo siempre sentirse débil, hasta que una día, en una pelea con su primo, probó la sangre proveniente de su boca y se llenó de vitalidad, por lo cual, ahora siente la necesidad de beberla regularmente. 

Ahora bien, es importante mencionar que los vampiros modernos no son una secta que busca víctimas aleatorias o se dedica a ultrajar desconocidos en las calles. Uno de los grupos más organizados, que posee una estructura definida y reglas muy estrictas respecto a la ingesta de sangre, se encuentra en Nueva Orleans, como revela un reportaje realizado por John Edgar Browning para The Atlantic. Ellas y ellos consiguen su dosis diaria a través de amigos, familiares o “donadores”, es decir, se trata de un asunto consensuado y regido por los más altos estándares médicos e higiénicos, pues siempre que existe el intercambio de fluidos, se realizan pruebas en distintos centros de salud. El proceso, más que un ataque sacado de una película de terror, se trata de un asunto médico. 

Respecto a esta práctica, la comunidad científica ha llegado a la conclusión de que, si bien existen propiedades en la sangre (como el hierro) que pueden resultar “revitalizantes” durante su consumo, la realidad es que se trata de un asunto psicológico, casi un placebo, pues genera la ilusión de que al beberla, se está mejor que sin ella. 

En conclusión: los vampiros aún existen y, como señala Browning, son más normales de lo que uno podría pensar: trabajan en las cajas de los bancos, en oficinas regulares, son enfermeras, secretarios, empleados de bares, etcétera. 

Así que la próxima vez que te cruces con alguien, piensa que podrías estar frente a un vampiro moderno.