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La mente de los abusadores sexuales; lo que sabemos hasta ahora

Israel Pompa-Alcalá Israel Pompa-Alcalá

02 de noviembre de 2017, 13:22 hrs

Imagen, especial.Imágenes: Reuters

Los recientes escándalos en Hollywood han destapado una cloaca inmensa: existe una cultura y estructura de poder que permite el abuso y agresión sexual de hombres hacia mujeres o personas menores de edad. La cantidad de víctimas que han aparecido para denunciar a los distintos abusadores (de Harvey Weinstein a Danny Masterson, de Kevin Spacey a Woody Allen) resulta abrumadora, sin embargo, es una realidad que hay que aprender a enfrentar como sociedad. 

Por ello, distintos expertos en sociología, psicología y otras ciencias humanas, han recuperado investigaciones acerca de la conducta abusiva de distintos hombres. Un texto del New York Times firmado por Heather Murphy, señala que en 1976, un candidato a obtener el doctorado en la Claremont Graduate University, colocó un anuncio poco convencional en varios periódicos de Los Angeles. El mismo decía: “¿Es usted un violador? Entrevista anónima por teléfono para investigación. Llamar a….”. 

Samuel D. Smithyan, ahora de 72 años y psicólogo en South Carolina, fue el autor de aquella investigación. El mismo Smithyan señala que se sentó a esperar frente al teléfono, totalmente escéptico de que el teléfono sonaría. “Sinceramente pensé que nadie llamaría”. Pero el teléfono sí sonó. Cerca de 200 veces. 

Famosos de día, abusadores de noche

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El doctor Smithyan relata que, de la gran cantidad de llamadas recibidas, recuerda a un programador que violó a “una especie de novia”, un pintor que violó a una conocida de su esposa, y un conserje escolar quien dijo haber violado de 10 a 15 mujeres para “vengarme de esos ricos bastardos” de Beverly Hills. Para el final del verano, el entonces alumno de psicología reunión más de 50 entrevistas en un trabajo titulado The Undetected Rapist, el cual hacía énfasis en desmitificar la idea de que los violadores son personajes oscuros que están entre las sombras, sino que se trata de personas “normales” y con vidas funcionales. 

Investigaciones recientes han retomado este trabajo para tratar de trazar un perfil que describa a los abusadores sexuales. Dichos trabajos destacan que las similitudes entre los agresores tienen poco que ver con categorías tradicionales como la raza, el estatus social o el estado civil, sino que se trata de otra clase de patrones, asociados a cosas como una actividad abusiva temprana y el uso del poder en círculos o estructuras que permiten su reproducción.

Uno de los problemas principales de la investigación, es que la mayoría de los hombres que cometen los abusos, a pesar de aceptar haber tenido relaciones no consensuales, niegan que hayan violado, lo cual demuestra el nivel de permisividad existente al respecto en nuestra cultura.

 Al respecto, señala Sherry Hamby, editora del diario Psychology of Violence, “si no entendemos a los abusadores, nunca podremos entender la violencia sexual. El problema es que por cada investigación que se hace de los abusadores, se hacen 10 acerca de las víctimas, con lo cual se crea la ilusión de que es un problema de mujeres, cuando realmente son los hombres quienes cometen, en su amplia mayoría, estos crímenes”. 

Antonia Abbey, psicóloga social en la Wayne StateUniversity, ha encontrado que también se trata de un problema de falta de empatía, así como de un alto grado de narcisismo, pues encontró que la mayoría de los abusadores que sintieron remordimiento luego de una agresión, dejaron de hacerlo, mientras quienes culpaban a las víctimas (Abbey documentó el caso de un agresor quien dijo: “sentí que simplemente estaba vengándome de ella por haberme provocado sexualmente”) tendían a repetir una y otra vez dicha conducta. 

Neil Malamuth, psicólogo de la Universidad de California, quien por décadas ha estudiado agresiones sexuales, ha notado que existe una tendencia a repetir este patrón de “venganza”, pues muchos de los abusadores tienen historiales de rechazo durante una escolaridad temprana. Cuando logran superar este paso y se vuelven exitosos o populares en niveles académicos superiores, “creen que le devuelven el rechazo a esas mujeres al tener poder sobre ellas, elemento que consideran una fuente de seducción”. 

A Kevin Spacey le falla la memoria tras denuncia de pederastia 

Por otro lado, Mary P. Koss, profesora de salud pública en la Universidad de Arizona, declara que al preguntar a los abusadores si “han penetrado a alguien contra su consentimiento”, la respuesta ha sido positiva, mientras que cuando se les cuestiona si consideran eso una violación, la respuesta es no. Esto demuestra una disociación entre la realidad y la ficción, misma que se repite, por ejemplo, en casos de soldados que cometieron violaciones en zonas de guerra, quienes niegan ser abusadores porque “eso lo cometió el monstruo que era yo cuando estaba en ese lugar”. En resumen: los violadores no creen que ellos son el problema, pues existen un sinfín de “justificaciones” para sus abusos. 

Ante los hechos recientes, donde gente como Weinstein o Spacey han puesto como pretexto para sus abusos el hecho de ser enfermos sexuales o haber estado borrachos o haber sido sometidos a abuso cuando pequeños, el patrón se repite: los abusadores no se consideran culpables, sino víctimas de la circunstancia.

 ¿Esto exhibe una sociedad que permite y reproduce mecanismos en los cuales el abuso no tiene consecuencias? ¿Somos una comunidad que ha construido un ideal de seducción alrededor del poder, aún cuando esto sólo es una práctica nociva y abusiva? ¿Nos encontramos ante un espejo negrísimo de nuestra realidad, donde hemos creado una cultura de la violación? ¿Estamos totalmente enfermos de empatía, de misoginia, de una rapaz violencia sistemática contra las mujeres y los cuerpos que se asumen femeninos? 

Las respuestas, como los casos aquí presentados, tal vez asusten, pero es necesario empezar a sacar todo a la luz para cambiar algo. Reconocer al monstruo, poder verlo, es el primer paso para eliminarlo. 

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