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¿Aún nos preguntamos por qué las mujeres no denuncian el abuso?

Israel Pompa-Alcalá Israel Pompa-Alcalá

22 de noviembre de 2017, 02:47 hrs

Weinstein El caso de Harvey Weinstein ayudó a destapar una cloaca profunda no sólo en Hollywood, sino en nuestra sociedad. Weinstein llegando la entrega de los premios Oscar en Hollywood. 26 de febrero de 2017. Imagen de archivo: Reuters. 

“¿Otro famoso?” pareciera ser la frase más recurrente en los últimos meses. Desde que se dieron a conocer las primeras acusaciones contra Harvey Weinstein, día con día estallan nuevos escándalos de abuso o acoso sexual en la industria del entretenimiento. Día con día nos cuesta trabajo creer que aquellos a quienes llamamos ídolos, que crearon obras entrañables, puedan ser capaces de dichas atrocidades. Pero ahí está nuestro primer error: enfocar la atención en la desgracia de los victimarios y no en la de las víctimas

En lugar de cuestionar qué ídolos nos van a quedar, deberíamos reflexionar en torno a todo lo que han padecido (y seguirán padeciendo) las víctimas que han denunciado, no sólo debido a la agresión en sí, sino a los otros precios que han tenido que pagar por atreverse a levantar la voz contra personas poderosas y con una red de protección amplia. 

Por ejemplo, uno de los caso que más impacto causó en el público fue el del comediante Louis C. K., quien fue señalado por al menos cinco mujeres de masturbarse frente a ellas sin su consentimiento. Dos de ellas, Dana Min Goodman y Julia Wolov, oriundas de Chicago y con una carrera prometedora en el mundo de la comedia, dijeron al diario The New York Times que cuando denunciaron el abuso de Louis C. K. se volvieron “personas radioactivas para la comunidad de comediantes”. Wolov señaló que los hombres se alejaron de ellas. "Prácticamente podíamos sentir su repulsión hacia nosotras”, agregó.

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Mientras trataron de mantenerse en la comedia, Goodman y Wolov sintieron que debían alejarse de cualquier proyecto donde estuvieran involucrados Louis y su manager Dave Becky, el hombre más poderoso en el universo de la comedia. Este hecho las privó de varias oportunidades para avanzar en su carrera. Como señala Amanda Hess en una columna para el New York Times, “los hombres como Louis C. K. pueden ser creadores de arte, pero también son destructores de él. Han aplastado la ambición de muchas mujeres, y en algunos casos, de hombres jóvenes dentro de la industria al robarles varias oportunidades”. 

Lo mismo puede verse en el ámbito de los cómics, un medio hostil hacia las mujeres por naturaleza. Buzzfeed reveló en un artículo que el editor de DC Comics, Eddie Berganza, había acosado y abusado por años de un sinfín de empleadas consideradas de “bajo rango” dentro de la compañía. Jessica Testa, autora del reportaje, indica que “todas las mujeres que reportaron la conducta de Berganza, dejaron de trabajar en DC. Incluso, ninguna ha podido colocarse en la gran industria de los cómics”. La antigua editora de DC Comics, Janelle Asselin, agrega: “Todas nos fuimos y él sigue ahí”. 

El caso se repite con grandes y consolidadas actrices como Daryl Hannah o Annabella Sciorra, víctimas de Harvey Weinstein, cuyas carreras vinieron en picada luego de que fueran o intentaran ser abusadas por el productor. La propia Sciorra negó en un principio los alegatos contra Weinstein, según relata Ronan Farrow en un texto para The New Yorker. Sin embargo, una vez que se conocieron las primeras acusaciones contra Weinstein, la actriz dijo a Farrow que “había estado luchando por hablar del asunto cerca de 20 años. Aún vivía con miedo y dormía con un bate de béisbol debajo de la almohada, pues Weinstein la había violado violentamente a principios de la década de 1990 y acosado durante los años siguientes”. 

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En este punto, seguramente muchas personas pensarán ¿por qué quiso seguir trabajando en la industria? ¿Por qué mantenerse en un ambiente que la encontraría con su atacante irremediablemente? ¿Por qué no dijo nada al principio? ¿Por qué no se alejó? Preguntas que, al final, no hacen más que ayudar al victimario a continuar con su conducta impunemente. Los cuestionamientos se dirigen a la víctima. Perdemos de vista que un ataque de esta magnitud tiene más consecuencias que la primera acción, pues genera en la psique un sinfín de dudas, miedos, temores y traumas. Después de haber sido violada, ¿Sciorra debía, además de todo, renunciar a su carrera? ¿Vamos a culparla por decidir continuar con su vida? La culpa nunca es de la víctima y si no entendemos eso, somos parte del problema. 

Hasta el momento, este texto ha hablado de casos conocidos. Pero, ¿qué pasa con todos aquellos que no ocupan la primera plana de los diarios o las redes? ¿Qué ocurre con aquellas víctimas que sufren estos abusos en sus oficinas, en sus trabajos regulares y poco glamorosos, en la cotidianidad nada deslumbrante? 

Un reportaje de The Washington Post firmado por Jessica Contrera, siguió el caso de ocho mujeres que decidieron denunciar acoso y abuso sexual en sus trabajos. Dentro de los oficios desempeñados se encuentran telefonista de call-center, trabajadora de maquila, hostess de restaurante, enfermera, cantinera: empleos comunes de personas comunes.  

En este textos encontramos a mujeres como Calissa, una hostess que narra: “una noche, cuando iba de salida del trabajo, mi jefe dijo que no podía irme hasta que todos los demás lo hicieran. ‘Tú te vas conmigo’, me comentó, mientras se mordía el labio y me miraba de manera incómoda. Mi papá estaba afuera, esperando para llevarme a casa. Así que sólo salí y nunca más regresé. Al otro día reporté lo sucedido al departamento de recursos humanos del corporativo y les conté lo que había pasado. Dijeron que investigarían y me llamarían. Nunca lo hicieron”. 

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Maria, una cantinera migrante, dijo: “Mi jefe trató de tocarme una vez y supe que volvería a hacerlo. Un día me dijo: ‘de una forma u otra, voy a tener sexo contigo’. No sabía que hacer, porque tenía que enviar dinero a México. Necesitaba el trabajo. Pero al final renuncié. No tenía otro trabajo, no tenía forma de pedir ayuda legal, de demandar y continuar con mi vida. Sólo sabía que no quería ser violada”. 

Genece, trabajadora de una maquiladora dijo que, después de denunciar un abuso, “comentaron que todo estaría bien, que él pararía. Una semana después, lo despidieron. Luego me despidieron a mí también. Me dijeron que mi puesto había sido eliminado, lo cual era una mentira, pues mi esposo seguía trabajando en la fábrica y me contó la verdad”. 

No se trata de casos aislados o que sólo concierne a las altas esferas del entretenimiento o la política, sino de un continuo que sostenemos todos con indiferencia ante la cultura de la violación y el abuso, con la revictimización, con la masculinidad tóxica, con el silencio que guardamos cuando nuestros allegados cometen actos violentos: con nuestra complicidad. 

Es momento de destruir esa estructura, de cambiar nuestra forma de pensar acerca de las víctimas y saber que la mayoría de ellas necesitan apoyo, contención y seguridad. Es momento de destruir nuestra construcción del poder alrededor de la masculinidad, porque cuando una víctima es señalada, enjuiciada, desprestigiada y acusada por la sociedad, un nuevo Harvey Weinstein nace.