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Arthur Miller creó el mito de la cacería de brujas masculina

Israel Pompa-Alcalá Israel Pompa-Alcalá

31 de enero de 2018, 22:46 hrs

monroeMarilyn Monroe y Arthur Miller, ca. 1959. Cinema Publishers Collection Photo. Imagen de archivo: Grosby Group

Una vez que se destapó la cloaca que expuso a varios de los depredadores sexuales que habitan Hollywood, varios hombres de la misma industria declararon un asunto no sólo contradictorio, sino falaz. Personajes como Liam Neeson han señalado que, si bien se debe apoyar a las mujeres denunciantes, hay que tener cuidado con todo lo que se dice, pues fácilmente se puede caer en una “cacería de brujas”, es decir, en señalar a un inocente que, por la presión social, termine por convertirse en culpable. 

Más allá de lo dicho por Neeson y otros (el cuestionable Woody Allen utilizó el mismo argumento cuando se le preguntó por todo lo sucedido en la meca del entretenimiento), cabría reparar en el término “cacería de brujas”, y cómo este es reinterpretado por el género masculino para sacarle provecho. 

La frase proviene, originalmente, de los infames juicios por brujería llevados a cabo en Salem, Essex, Massachusetts. Es tal el impacto de las audiencias realizadas entre enero de 1692 y mayo de 1963, que la región es apodada “la ciudad de las brujas”. El asunto es que estos juicios se convirtieron en pretexto perfecto para señalar como culpable a cualquier persona (especialmente mujeres) de cometer “brujería”, por lo cual se les procesaba y castigaba, a pesar de no existir evidencia alguna más que la palabra de la parte acusadora. Es por esta última característica que los hechos en Salem han servido como metáfora para advertir los peligros del extremismo religioso, la mala ejecución de la justicia, la intromisión estatal en la libertad individual, pero sobre todo, de las acusaciones falsas. 

Uno de los trabajos artísticos que mejor retrata y juega con el imaginario de Salem es la obra de teatro The Crucible (Las Brujas de Salem en español), invención del legendario dramaturgo Arthur Miller. El propio escritor hizo patente el trasfondo de la obra: se trataba de una fiera crítica a la persecución comunista implementada por el senador Joseph Raymond MacCarthy. Sin embargo, Miller también es famoso por utilizar su propia vida como referente para escribir sus historias, como queda patente en el prólogo de la puesta, donde declara haberse tomado ciertas licencias poéticas para agregar peso dramático a la historia. 

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Imagen, wikipediaLa frase proviene originalmente de los infames juicios por brujería llevados a cabo en Salem, Essex, Massachusetts. Imagen: Wikipedia

En The Crucible vemos, entre otros temas, un retrato del deseo irracional encarnado en la jovencita Abigail Williams, una de las protagonistas de la obra, quien trabajara como sirvienta en la casa de John Proctor, otro protagonista. Abigail siente un deseo desmedido por Proctor, a grado tal que ambos se involucran en una relación extramarital. El acto lleva a Abigail a desear con más pasión a John, lo cual la convierte en una persona egoísta que desea matar a Elizabeth, esposa de Proctor, para quedarse con él. Posteriormente, Abigail es llevada a juicio acusada de brujería, por lo cual se le pide declarar los nombres de quienes hayan participado también en dichos actos. La oportunidad perfecta para Williams de quedarse con Proctor empieza a fraguarse, pues ella puede señalar a quién sea….

El asunto avanza y se convierte en una de las obras más fuertes que la dramaturgia conozca. Sin embargo, reparemos en el personaje de John Proctor: se le pinta como un buen hombre que, cegado por la pasión y el deseo, cometió un error que ahora lo tiene contra las cuerdas. ¿Cuál es ese error? Haberse relacionado con Abigail, quien de buenas a primeras lo puede acusar frente al juzgado. 

¿Qué podemos deducir de esto? Que Miller tomó un hecho histórico en el cual se castigaba a las mujeres, para usarlo como método de defensa de un hombre que cometió adulterio, como si Proctor fuera un débil venadito atacado por esa serpiente llamada Abigail Williams. El mensaje de Miller es claro: las mujeres, una vez cegadas por su ambición, son manipuladoras, mentirosas, chantajistas, celosas y vengativas, es decir, se convierten en monstruos irracionales capaces de arruinar la vida de cualquier hombre para conseguir su objetivo. Proctor es un pobre ser incapaz de hacer frente a la fuerza de una joven Williams, quien quiere destruir su matrimonio. 

Como ya se dijo, Miller utilizaba como inspiración su propia vida. Aquí un dato “curioso”: cuando Miller escribió esta obra, conoció y se enamoró de Marilyn Monroe, al tiempo que estaba por finalizar su matrimonio. Es decir, Miller es Proctor y Proctor es Miller. Inconscientemente decidió limpiar su imagen propia a través del personaje de John, sobre todo porque él también resultó ser un hombre infiel sometido a los encantos de una jovencita vivaz y, según los ojos de Miller, caprichosa. 

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Años más tarde, luego de un fallido matrimonio con Monroe, Miller escribiría un par de obras más, donde se retrata a la leyenda rubia de Hollywood como una chica poderosamente sexual, errática, manipuladora y terca, es decir, un arquetipo femenino que ya se había dibujado desde The Crucible. Miller así inventó el mito de la cacería de brujas masculina, donde cualquier hombre puede ser reducido a la nada por una simple acusación provocada por el capricho femenino. 

Todo el asunto resulta bastante penoso y hasta insultante para las mujeres, quienes además de ser desdeñadas o calificadas como “locas” por parte de un sector de la población al momento de realizar una acusación, Miller se encargó de robarles el peso histórico de ser las víctimas reales de una cacería de brujas como la acontecida en Salem y diversos lugares del planeta. Es tiempo, por tanto, de otorgarle justicia al sinnúmero de mujeres pasadas por la hoguera, a las mujeres señaladas por acusar a sus abusadores y dejar de usar dicha frase, que no es otra cosa más que un mito inventado por un hombre que buscó siempre lavar su imagen a través de la victimización y la manipulación argumentativa.