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Nuestra extinción está cerca y nadie está suficientemente alarmado

Andrea Escobar Andrea Escobar

10 de julio de 2019, 05:21 hrs

bóveda de semillas
El Banco Mundial de Semillas en Svalbard, Noruega fue construido en 2008 para proteger el material genético de la biodiversidad de las especies de cultivos que sirven como alimento para los humanos. Imagen: Flickr

 Los estragos que el cambio climático está provocando globalmente son anunciados a diario en los medios de comunicación y, más allá de las noticias, para la mayor parte del mundo el cambio es evidente porque se sufre de primera mano: Europa viviendo el verano más caliente en su historia; cada temporada de huracanes, incendios, sequías o inundaciones peor que la anterior; récords en las temperaturas de cada estación del año.

De acuerdo con un gran número de científicos, el fin del mundo, como lo conocemos, está muy cerca, incluso si dejáramos de quemar combustibles fósiles mañana; la Tierra ha entrado a un nueva etapa de extinción masiva que parece improbable poder frenar. 

A pesar de la urgencia con la que tendríamos que actuar ante el problema, hay una evidente renuencia colectiva por afrontarlo, como si se albergara la esperanza de que ignorarlo nos ayudará a eludirlo. 

"Doomsday"

La resignación o ceguera ante el calentamiento global es tal que ni siquiera en la ficción ha sido suficientemente representado. Con unas cuantas excepciones, como Wall-E o Mad Max, las populares películas apocalípticas suelen presentar escenarios fantasiosos como epidemias zombies, ser conquistados por simios o por marcianos, pero por alguna razón, no se han llevado a la pantalla las múltiples posibilidades de nuestro fin a causa del calentamiento global. 

Al ser los gobiernos los que cargan mayor responsabilidad en hacer frente al problema, organismos internacionales les urgen continuamente a actuar tomando drásticas medidas de regulación industrial que podrían darnos una prórroga como especie.

Pero por alguna incomprensible razón, sólo algunas naciones han cedido a negociar sus políticas ambientales. De ese dialogo han surgido tratados internacionales, como el Acuerdo de París de 2015. Es importante destacar que las metas propuestas únicamente buscan retardar los devastadores efectos del cambio climático, ya que ni siquiera su efectiva implementación podría deshacer el hecho de que eventualmente sucederán; y lo peor es que, aparentemente, las probabilidades de que estos acuerdos se cumplan no es más que un fantasía. Para 2017 ninguno de los países predominantemente industrializados había cumplido con las políticas acordadas. Ese mismo año, el presidente Donald Trump anunció su salida del Acuerdo de París; Estados Unidos es el segundo emisor de dióxido de carbono más grande en el mundo. 

Un proyecto ambiental internacional se inauguró en 2008, El Banco Mundial de Semillas, también apodado Doomsday (El día del juicio final, en inglés): una bóveda para resguardar el material genético de miles de plantas de cultivo de alrededor del mundo. En el inusualmente caliente invierno de 2017 —a menos de diez años de su construcción— la bóveda se inundó por el derretimiento del permafrost (la capa de suelo permanentemente congelada) que le rodea, la cual se pensaba protegería por siempre las semillas, aunque hubiera una falla eléctrica de los reguladores de temperatura internos.

La bóveda ahora está bien y el daño no fue permanente, pero es un ejemplo de cómo los efectos del calentamiento global continuamente superan los alcances previstos por la ciencia. 

Nuestros posibles finales

La elevación del nivel del mar es tan sólo una de las preocupaciones sobre el cambio climático. La atención que recibe es entendible dado que se pronostica desaparezca ciudades y países costeros del mundo, como Bangladesh y Miami, que sospechan no sobrevivirán este siglo. Un tercio de las principales ciudades del mundo son costeras; además de bases navales y plantas de energía. Sin embargo, al ritmo en el que se está calentado la Tierra las posibilidades de nuestra extinción se multiplican y hay muchos ejemplos del terrorífico fin que podría esperarnos:

  • Si se mantiene el ritmo de las emisiones de carbono, para 2080 el sur de Europa, Medio Oriente, Sudamérica y gran parte de África y Australia —las regiones del mundo de las que proviene la mayoría de los alimentos del mundo— experimentarán una sequía tan intensa que la agricultura se perderá, provocando hambruna mundial.
  • El cuerpo humano no es resistente a los cambios de temperatura drásticos, un aumento de once grados Celsius en la temperatura global (lo cual no es probable que suceda en este siglo) sería suficiente para matar la mitad de la población de calor. El aire acondicionado podría parecer una alternativa, pero su utilización sólo aumenta la emisiones de carbono, además de que presenta otro inconveniente fundamental: su costo. La mayoría de los países que serán más afectados por las elevadas temperaturas no tiene las condiciones económicas para proveer de ambientes climatizados a su población. 
  • Existe una relación comprobada entre el aumento de la temperatura y los conflictos bélicos. De acuerdo con los investigadores Marshall Burke and Solomon Hsiang por cada medio grado en que se incremente la temperatura de un lugar las sociedades presentan entre un 10% y 20% más de probabilidades de tener un conflicto armado. El conflicto en Siria, por ejemplo, presenta una estrecha relación con el cambio climático de la zona dado que inició con las protestas hacia el presidente Bashar al-Ásad para exigirle una respuesta gubernamental ante la grave sequía que atravesaba el país. 
  • Una de las posibilidades más terroríficas es la pérdida de nuestro intelecto: El cerebro humano soporta un cierto grado de contaminación ambiental y al rebasarlo comienza a fallar porque necesita oxígeno para funcionar. La fracción de dióxido de carbono en el ambiente se está incrementando a pasos agigantados, recientemente rebasó las 400 partes por millón. Se espera que crezca hasta 1,000 partes por millón en 2100. Esa cantidad reduciría nuestras capacidades cognitivas en un 21%. 

Para Wallace Smith Broecker —un geofísico estadounidense que fue uno de los responsables de identificar la explicación para las inusuales variaciones climáticas de la Tierra y falleció recientemente, en febrero de este año— considerando las pocas probabilidades de que nuestros gobiernos tomen acción para frenar el problema, nuestra atención debería enfocarse en encontrar métodos de absorción del dióxido de carbono atmósfera. Esto podría lograrse con el desarrollo de tecnología de extracción ambiental o con proyectos de reforestación.

Nuestro panorama parece desolador, pero aún se presentan alternativas para postergarlo. 

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